La tradición zapoteca de convivir con sus muertos

Edgar CRUZ

TEHUANTEPEC, OAX .- Luminoso, alegre, melancólico. Suculento e inexplicablemente lógico para quienes desconocen esta tradición zapoteca, así se vive la tradición de la Semana Santa en el panteón El Refugio del barrio Guichivere.

Los tehuanos católicos llegan a la cita para volverse a rencontrar con sus muertos. Se ríen con ellos, les platicaron sus problemas, les lloraron sus ausencias y les combinaron de flores y antojitos las tumbas que parecían coloridos cuadros de arte.

La celebración de la Semana Santa o Nabaana, según algunas referencias históricas, coincide con el inicio del año zapoteco, en el mes de marzo, tiempo al que según los más antiguos pobladores, le seguían cinco días considerados aciagos y en los que se temía el fin del mundo.

La visita de los vivos a los muertos se prolonga hasta entrada la noche frente a los restos de sus familiares que son resguardados bajo una cripta adornada de flores olorosas que los deudos sabe colocar para la gran velada.

La celebración del Viernes de Dolores en el panteón del barrio Santa María y de El Refugio en Guichivere, son de las tradiciones más antiguas del Istmo de Tehuantepec que año con año le dan “vida” a los camposantos.

“Es como una forma de celebrar con ellos, aquí la pasamos a su lado, tristes porque ya no están vivos pero con ese recuerdo de que nunca los vamos a olvidar”, dijo doña Aurora, quien llenó de coloridas flores las tres tumbas de sus más grandes amores: su padre, su madre y su marido.

Ataviada de flores coloridas y olorosas, la tumba de Juan Carlos se vio “alegre” tras la visita de sus seres queridos que le fueron a ver y a cantar.

“Tuvo un accidente que le quitó la vida. Ni modos, así es esto, no le debió pasar a él pero con todo el dolor de mi corazón tengo que asimilar su partida”, dijo melancólico Carlos González, padre de Juan Carlos quien pidió a una banda de música le tocara “¿Dónde estás corazón?”.

Los deudos saben consentir la memoria de sus seres ya fallecidos. Música para revivir los recuerdos y el nunca despreciable toque de cerveza fueron los acompañantes de los vivos que disfrutaron junto a sus muertos durante la noche del viernes y madrugada del sábado que marca el inicio de la Semana Santa.

“Esto es nuestra tradición, y es un momento de consuelo para los que hemos perdido un ser querido porque se convive un momento junto a ellos”, señaló Gerardo Molina, presidente del Movimiento Cultural “Carlos Iribarren Sierra” quien señala que esta conmemoración es mezcla de indigenismo y la creencia católica.

Romería y color

Dulces de curado hechos a base de ciruela curtida, pasteles, garnachas, empanadas, tamales de iguana, tacos y las aguas frescas de temporada inundaron de sabor el recuentro con los muertos.

“Algunos les parece extraño esta celebración, dicen que se parece a un Día de Muertos pero no es así, es más que eso, yo creo que tiene que ver con nuestros ancestros y en ningún pueblo del mundo se celebra de esta manera ni en estas fechas”, comentó Ricardo Durán, residente de la ciudad de Monterrey pero nacido en esta ciudad de costumbres milenarias a la que llegó para ver la tumba de su madre.

Al bullicio de esta conmemoración se le unió el respeto por los difuntos y el inicio de la Semana Santa.
“Esto es una fiesta, aquí se viene a comer, a tomar, a reír, a platicar con los muertos. Aquí estamos todos los que por alguna razón queremos celebrar porque después ya serán otros los que nos celebren, cuando partamos de este mundo”, dijo una de tantas taberneras que vendieron cervezas a las afueras del mítico panteón “Dolores” que este viernes se vistió de tradición y fiesta.

Y es que el camposanto El Refugio de esta ciudad se llena de risas, llanto y música; el olor a guie’chachi y guie xhooba ondearon entre las tumbas acicaladas por las familias zapotecas que celebraron a sus muertos, en un ritual único en el país.

Aunque el 1 y 2 de noviembre en Tehuantepec se celebra también el Día de Muertos o Xhandú, según la lengua zapoteca, son el Viernes de Dolores y Domingo de Ramos cuando sus habitantes agradecen a sus difuntos la visita hecha en aquellas fechas con una romería en los cementerios.

Amantes de la música desde que nacen, los zapotecos del Istmo cantan y suspiran frente a las tumbas de sus difuntos; se enfrascan en largos diálogos con ellos y se acongojan con su ausencia, que ellos bañan de incienso y flores, dentro de las que se cuentan las predilectas: el gui’chachi o flor de mayo, la flor de coyol, de china, la azucena y el Guie’ xhooba.

Y es la música la que se deja sentir en ese camposanto con melodías tradicionales como La Sandunga, La Llorona, Dios Nunca Muere y los sones de Calenda que familiares y amigos dedican a los ya extintos.

“Todo se concentra en los panteones porque en noviembre arreglamos nuestras casas con frutos, flores y tamales para recibir a nuestros muertos, y en estos dos días pagamos la visita y pasamos todo el día en el panteón”, explica don Roberto Salas, de 75 años de vida.

Entre los tehuanos esta tradición parece persistir gracias a las nuevas generaciones que también participan y colaboran. Quiebran huevos rellenos de harina, rezan a sus muertos y degustan los antojitos y dulces típicos.

Es por ello que el tehuano no falta a su cita ancestral, sólo entrada la madrugada levantan sus ofrendas y se retiran satisfecho del camposanto con la sonrisa del deber cumplido en una de las conmemoraciones más importantes del año, para honrar a sus seres queridos e iniciar así la celebración de los días santos.

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