El rito de la muerte en Tehuantepec

Javier CRUZ

TEHUANTEPEC, OAX.- Cada tehuano sabe el rito que tendrá su muerte. Como en ninguna sociedad del país, los zapotecas del Istmo sienten la muerte tan cercana que los rituales fúnebres se expanden por todo un año.

Morirse en esta ciudad dicen que tiene su encanto: “En Tehuantepec es un honor morirse porque después viene el confortamiento de los deudos con los amigos, vecinos, con el pueblo que asiste y coopera con ese dolor”, señaló Rómulo Jiménez, cronista de la ciudad.

El rito funerario principal se concentra en los primeros nueve días del fallecimiento. El velorio, el sepelio y el novenario conjugan el misticismo por la tradición gastronómica y musical que envuelve a la muerte.

“Para el zapoteco de Tehuantepec la muerte es esperada que hasta se prepara con anticipación la partida. Las mujeres deciden qué traje usar, pegan el holán a sus enaguas y lo dejan guardado en el baúl. Es más, le dicen a sus hijos dónde quieren que le velen y qué música le deben tocar durante su funeral”, sostuvo el historiador Mario Mecott.

Los ancestros de  esta ciudad veían a la muerte con resignación y respeto. El miedo más bien iba dirigido al “Dxibi guetu” o “espanto de muerto”, que consistía en sentir la presencia de un ente cuando te tocan los pies, te mueven la hamaca, azotan la puerta o te da “un mal aire”.

“Eso es lo que ya no se usa, es más, ahora es al revés. Le tenemos miedo a morirnos y no al espanto de muerto”, dijo Mario Mecott.

La muerte hasta nuestros días sigue siendo una muestra de hermandad y colectividad en la ayuda económica y moral para los deudos.

Las limosnas y los enceres dados en el velorio como el aceite, las flores y las velas son parte de la mutualidad que aún persiste pese al paso del tiempo.

La solidaridad con los familiares del difunto por desgracia está cambiando, asegura Mecott, y eso se debe al ritmo de vida de la modernidad, pues como ejemplo está el compromiso que ahora se adquiere sólo por “cumplir” y dejar la cooperación económica que acompañar al doliente, y es que nuestras actividades nos limitan el tiempo.

La muerte tiene su precio

Sólo para los nueve días del fallecimiento de una persona se llegan a gastar más de 50 mil pesos por todos los ritos costumbristas de Tehuantepec.

Los egresos más fuertes se concentran en la comida como el tamal y el atole de leche que se reparte en los Nueve Días cuyo gasto asciende a 3 mil pesos en promedio.

También la música de viento (4 mil pesos), las flores del altar (2 mil pesos), el ataúd (3, 500 pesos el más económico) y las velas de cera (mil pesos) concentran un elevado gasto para los familiares.

En el novenario los deudos tienen que realizar igual número de rezos que llegan a oscilar en gastos hasta mil 500 pesos dependiendo del tipo de refrigerio a dar, sin considerar el pago al rezador que regularmente cobra 100 pesos por día.

La comida durante el funeral es tan especial como la pérdida misma de la persona. Según la costumbre, durante el velorio y el entierro existe una vigilia entre los familiares por lo que sólo pueden comer pescado y mole con camarón acompañado de ejotes. Todo ello llega a costar cerca de 700 pesos.

Según precisiones de rezadores tradicionalistas como Gabriel, los gastos sólo en los primeros nueve días de muerto superan los 70 mil pesos que en parte es recuperado por las limosnas de los amigos y vecinos.

En el resto del año se realizan otro tipo de ritos como la misa de 40 días, donde la mujer se despoja de la mascada que cubrió su cabeza por el mismo lapso de tiempo en señal de duelo. Además se llevan a cabo la misa o rezo de 3 meses de difunto, de 7 meses, el Todosanto Nuevo y el Cabo de año.

También de dolor se canta

La música es otro elemento básico en un funeral. Para cada persona está  dedicada la melodía que gustó en vida y que en su entierro le es ejecutada por una banda de música.

“En Tehuantepec tenemos música sacra y música de muerto tanto en minuetos como en valses, sones y canciones que ambientan una velada de difunto”, comentó el historiador Mario Mecott.

Atilano Morales (S. XIX), oriundo de San Blas Atempa, es el máximo compositor de música fúnebre en el Istmo.

Por sus manos recorrieron melodías tan simbólicas como Fili Jerusalén, Benita, Valentín, Mártir del Gólgota, En el Camino del Gólgota, Dolor Profundo, Secundino y su más representativa obra, Luto por Derecho.

“No puede comenzar la banda sin tocar Fili Jerusalén, que es donde la mujer doliente estalla en llanto. Un funeral en Tehuantepec no se concibe sin la música fúnebre como Luto por derecho”, expresó el historiador tehuano.

Además de los minuetos, están los boleros de Jesús Rasgado que ya se han convertido en parte elemental del repertorio de música fúnebre, sin dejar atrás a La Llorona, La Sandunga, La Petrona, y otros sones clásicos de Tehuantepec.

El rito funerario de la ciudad hoy persiste aunque en las nuevas colonias se rompe el protocolo tradicional que los ancestros le daban a la muerte, sin considerar la creciente expansión de religiones protestantes que han eliminado pautas costumbristas de un funer

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