Juana Cata: una vida rodeada de mitos

Edgar CRUZ

TEHUANTEPEC, OAX.- Historias sobre la vida de Juana Cata hay muchas, pero con versiones fundamentadas, pocas. Desde escritores locales que se empecinaron a crear el mito de la mujer más sobresaliente de Tehuantepec en el siglo XIX, hasta la de historiadores nacionales que llenaron de errores la vida de este imponente personaje femenino, sobresalen en la historiología que rodea al porfiriato, la Revolución y el México de hace casi dos siglos.

Al cumplirse  180 años del natalicio de Juana Catarina Romero, son muchos los mitos y leyendas que se han vertido sobre su vida, desinformando la propia historia y creando momentos y pasajes inexistentes en lo que fue la vida de la benefactora de Tehuantepec.

La llamada Benefactora de Tehuantepec no tuvo hijos, pero sí una relación amorosa, hasta ahora confirmada, con el entonces general Remigio Toledo, un militar conservador opositor al gobierno de Juárez.

Aunque su familia estuvo integrada por primos, sobrinos y ahijados, Juana Cata heredó no solo el apellido Romero que era distinción y sinónimo de poderío económico a finales del siglo XIX sino también dejó a ellos bienes y empresas que hoye en día son inexistentes o están en decadencia.

La antropóloga Julia Astrid Suárez, quien este año publicó el libro biográfico de  Juana Cata, ha señalado que historiadores, escritores y curiosos de la vida de esa mujer empresaria del Siglo XIX y principios del XX, han desvirtuado la vida que tuvo en Tehuantepec, por el simple morbo, especulación o falta de investigación en los hechos que argumentan.

Supuesto amorío con Porfirio Díaz

Uno de los principales mitos es la relación que pudo existir entre el entonces presidente de México, Porfirio Díaz y Juana Cata, comprendido desde finales del Siglo XIX hasta la primera década del XX.

Históricamente, ha quedado comprobado que Cata no tuvo ningún amorío con Díaz, que éste jamás se escondió bajo sus enaguas para escapar de una persecución en Tehuantepec y menos que el dictador haya ordenado que las vías del ferrocarril pasaran al lado del chalet propiedad de la aristócrata y  diplomática, afirmó la académica.

La antropóloga Julia Astrid Suárez asegura que entre Romero y Díaz no pudo haber más que una relación de amistad, más allá de las relaciones políticas y comerciales que pudiera tener la empresaria tehuana en tiempos del porfiriato.

Para la también historiadora pudo existir una relación de amistad, de alianzas políticas e inclusive, de confidencialidad y complicidad que se tradujo en una estrecha cercanía de ambos personajes, pero de amoríos, es poco probable que sucediera.

De acuerdo con la historiadora, el primer contacto entre Juana Cata y Porfirio Díaz se suscitó en 1858, cuando el General llegó al Istmo de Tehuantepec en una comisión del Ejército que duró dos años y que se caracterizó por su “tranquilidad”, ya que México se mantuvo al margen de conflictos de guerra y de guerrilla.

“Ahí se suscitó el primer contacto con Juana Catalina Romero, pero yo consideró que fue con la familia, una familia posicionada política y económicamente”, señaló.

Al narrar lo anterior, la escritora zanjó el primer mito en torno a ambos personajes: “Hay información bastante absurda, que fue basada en ese mito. Porfirio Díaz nunca fue perseguido en Tehuantepec, fue perseguido en la Costa; tuvo batallas en Puebla, pero no lo fue en Tehuantepec”, de ahí de que la versión que Díaz se escondió en la enagua de Juana Cata sea falsa.

Una fortuna de suerte

Por su parte, escritoras como la estadounidense Fancie Chassen han expuesto sobre la vida de doña Juana C. Romero, mitos como el de que su fortuna pudo ser heredada por terceros, que el linaje provenía de la etnia zapoteca y que pudo existir un amorío con Porfirio Díaz.

Lo mismo que hizo Chassen lo realizó Guadalupe Loaeza en varios libros de su autoría, destacando el último denominado “Oaxaca de mis amores” donde narra parte de la vida de Juana Cata y expresa varios sucesos sin fundamentos.

“Fue una mujer (Juana Cata) que conocí toda la vida, a ella la conocí en un billar, durante la guerra de reforma en 1859, era una mujer zapoteca, sabe usted, que cuando la conocí no sabía leer y ella además era muy humilde…” relata en una entrevista imaginaria el general Porfirio Díaz a la escritora Guadalupe Loaeza, dentro de su obra literaria.

Julia Astrid señala en sus invetsigaciones que hay fuertes indicios que la benefactora de Tehuantepec no provenía de una estirpe humilde ni de una etnia marcadamente zapoteca, mucho menos que se enrolaba entre los soldado para vender puros pues existen documentos que hablan de su ascendencia española y de clase aristócrata.

Resaltó el gran sentido y conocimiento empresarial que tuvo al grado de obtener premios internacionales por la producción de azúcar en Tehuantepec y que tras la construcción de las vías férreas se pudo exportar su producto a Europa y otros países del mundo.

El mito del ferrocarril y el chalet

Historiadores locales señalan que las vías del tren pasan frente al chalet de Juana Cata por una cuestión geográfica ya que es en esa zona donde hay más angostura del río Tehuantepec y por lo cual fue factible construir el puente y no por los supuestos amoríos que tuvo con Díaz, como lo sostiene la versión popular.

También se ha rechazado la versión de que el chalet, su gran mansión de la que solo ocupó tres años hasta su muerte, haya sido un regalo por el entonces presidente Porfirio Díaz, tampoco se ha creído de que Díaz se escondiera bajo la enagua de Juana C. Romero cuando era perseguido en la Guerra de Reforma.

Pero más que mitos, el tiempo ha podido comprobar que lejos de las verdades infundadas sobre Juana Cata, existen los beneficios que dejó a su pueblo y que aún permanecen como mudos testimonios de ese amor a Tehuantepec que siempre tuvo.

Desde donaciones en efectivo a la comunidad, cesiones de tierras para un panteón donde ahora yacen sus restos y la creación de la primer escuela primaria en la ciudad han pesado más en la vida de Juana Cata que la de los supuestos amoríos con Porfirio Díaz.

 

 

 

 

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